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martes, 14 de junio de 2011

¿Por qué alabamos?

"Redimidos"... ¡Qué nombre el que nos da la Biblia!
Cuando pienso en este término, pienso en alguien que ha sido secuestrado y rescatado, y es esa imagen la que me impacta, porque alguien que ha sido secuestrado no necesita música relajante, pastillas antidepresivas o pláticas motivacionales; un secuestrado necesita ser rescatado y punto. No importa cómo, no importa cuándo y no importa dónde. Simplemente necesita que alguien lo libere.
Además, un secuestrado no decide quién lo salvará, cómo ni dónde lo hará. Un secuestrado no puede hacer nada más que esperar que la libertad llegue y, cuando llega, ni siquiera puede decidir si quiere ser libre o no; esto es lo que me fascina de este término: "Redimidos".
A veces hablamos de "aceptar a Cristo" pero la verdad es que nosotros no tenemos nada que aceptar y no podemos "encontrar" al Señor, porque estamos presos.
Nosotros sólo podemos esperar, en nuestra cautividad, a que la mano de Dios llegue y nos libere.
Tampoco podemos escoger cómo ni dónde lo hará. Puede ser de noche o de día, en una iglesia, en el cine o en la camioneta, por boca de un pastor, un evangelista o un amigo.
Es más, un redimido sólo se da cuenta de que su cautividad en el momento en que el Libertador llega a liberarlo.
¡Y es por eso que, al ver la incapacidad en la que estábamos sumidos, la única reacción natural de los redimidos sea cantar y alabar a Aquel que nos liberó!

lunes, 24 de agosto de 2009

MENOS MERCADO. MÁS TEMPLO.

Juan 2:13-19

Lo primero es lo primero. Tomate 45 segundos para leer este pasaje.

¿Lo leíste? Bien, sigamos con algo que nos ayudará a entender mejor las cosas:

EL CONTEXTO

El lugar era un mercado “religioso” ya que lo que se vendía en él eran animales para los sacrificios que se hacían en el Templo. Imaginen un mercado lleno de animales, bueyes y ovejas, entre otros, con sus ruidos característicos y con sus olores característicos. A eso, agréguenle el olor de los humanos y el calor del día en Jerusalén. Ahora, súmenle a la ecuación un montón de cambistas y tenemos una sopa de olores, sabores, sonidos y sensaciones que sólo se encuentran en un mercado. Un escándalo para los sentidos.

Pero esperen… ¿por qué habían cambistas? Bueno, porque se acercaba la Pascua, una de las fiestas más importantes para Israel y eso atraía a judíos de todo el mundo para venir a realizar sus sacrificios en el Templo. Los cambistas, entonces, eran necesarios pues quienes venían de afuera, traían consigo el tipo de moneda de su ciudad.

EL LUGAR

Ahora bien, Jesús decide ir al Templo a adorar y se encuentra con ese mercado, que no habría sido tan problemático, si no hubiera estado en el atrio del Templo; un patio muy grande que ya formaba parte de la construcción sagrada. Así que, el problema del mercado religioso no era precisamente el mercado, sino el lugar en el que estaba porque ese lugar no era para vender, regatear, a veces estafar, robar, etc. Porque, aceptémoslo, todo ese tipo de cosas pasan en un mercado de este tipo.

Además, es imposible que ese mercado se haya instalado ahí de la noche a la mañana. Lo más probable es que los mercaderes y cambistas se fueron acercando poco a poco a la puerta del atrio hasta que alguno entró y, como no se lo impidieron, se metió un poco más. Y detrás de este, otro. Y detrás de este, otro. Hasta que, eventualmente, todo el mercado religioso había sido instalado dentro del Templo.

EL AZOTE

Así que, Jesús entra en el lugar, compra y toma unas cuerdas (no lo sabemos) y se va a un rincón. Contemplando la escena. Viendo lo que pasa. Sintiendo un malestar en la boca del estómago. Comienza a fabricarse un látigo, un azote, un chicote. Y se toma su tiempo, mientras siente que el enojo se va acumulando en su interior.

EL CELO

Por fin, Jesús termina su látigo y explota. Suelta los animales, voltea las mesas de los cambistas esparciendo las monedas por el suelo. Les arruina el negocio. Los intimida. Y no olvidemos que esta gente era gente dura, pero por alguna razón no opusieron resistencia. ¿Por qué? Quizá porque sabían en su interior que aquello que hacían estaba mal, pero creo que más que eso, era porque sabían quién era Jesús, sabían de lo que era capaz. Sabían que si él podía sacar de la tumba a Lázaro, podía enviar a cualquiera de ellos a esa misma tumba con una sola palabra. Lo sabían. Pero, además, creo que en ese día, los mercaderes y cambistas vieron que Dios mismo los había agarrado con las manos en las cabras, con las manos en las ovejas, y lo tenían frente a frente, con un látigo en las manos y el enojo en los ojos. Y sintieron la mirada de ira de Dios. Y no pudieron oponer resistencia. ¿Quién podría?

Pero ¿por qué se enojó tanto Jesús? Bueno, porque ese lugar, era la casa de su Padre y a Dios no le agrada que la gente haga algo sólo por quedar bien. ¿Y esto qué tiene que ver con lo que estamos hablando? ¡Pues mucho! Veamos, Dios había estipulado que para la fiesta de la Pascua, se debían hacer ciertos sacrificios, así que las personas debían tener ciertos animales en sus casas y criarlos durante cierto tiempo para luego emprender el viaje a Jerusalén. Con animales y todo. Así que, obviamente, con un mercado estratégicamente puesto dentro del Templo, toda esa “carga extra” se sacaba de la ecuación. El mercado era conveniente, a menos que quisieras hacer las cosas como de verdad Dios quería que las hicieras, es decir, que te esforzaras. Entonces, podemos decir que el mercado religioso le facilitó la vida a todos aquellos que querían que se les facilitara la vida, a todos los que querían cumplir con los sacrificios, pero que sólo lo hacían por quedar bien, por requisito, porque nimodo. Y si hay algo que enoja a Dios, es el compromiso a medias. Y no lo va a soportar en su casa. Punto.

NOSOTROS

Ahora bien, en ese tiempo, Dios habitaba en ese Templo pero ahora, gracias al sacrificio de Cristo en la cruz, Dios vive en los corazones de quienes se entregan a él. El “templo”, hoy en día, somos nosotros. Y las preguntas, seguro, ya las estás pensando, así que las voy a hacer: ¿Hay algún mercado religioso en ese templo que es tu corazón? ¿Hay algo que hacés sólo por quedar bien y no porque lo disfrutés? ¿Vas a la iglesia sólo porque no tenés nada mejor que hacer o vas porque es imposible hallar algo mejor? ¿Le cantás a Dios porque hay que hacerlo o porque te gusta hacerlo? ¿Le cantás por quedar bien o le cantás porque te encanta hacerlo? Según como respondás a ese tipo de preguntas, será tu corazón y todos, leeme bien, todos tenemos mercados religiosos en alguna parte del “templo” que somos.

Pero Jesús quiere que seamos menos mercado y más templo. Y al encontrar ese lugar en el que existe un mercado religioso en nuestro interior, tenemos dos opciones: esperar a que Cristo termine de fabricar su látigo o tomar nosotros mismos ese mercado y desecharlo de nuestro corazón para dejar a Jesús con un látigo sin usar.

Y si estás viviendo “en pecado” (como decís que “dicen”) y Dios te sigue “bendiciendo” quizá no sea porque le agrada tu forma de vivir, sino porque aún no ha terminado el látigo. Ahora lo sabés y sólo queda que, bueno, cómo decirlo, escojás qué vas a ser para Dios: Menos mercado. Más templo.

La decisión es tuya.

martes, 18 de agosto de 2009

VICTORY BY SURRENDER • VICTORIA A TRAVES DE LA RENDICIÓN

In order to win, we must surrender ourselves to God.
I just saw this video today and it blew my mind!
Watch it and prepare your white flag!

Si queremos obtener la victoria, debemos rendirnos a Dios.
Vi este video hoy en la mañana y me dejó con la boca
abierta. Miralo y prepará tu bandera blanca!

lunes, 17 de agosto de 2009

VDC • FUIMOS ROBADOS Y SEREMOS COMPRADOS

Génesis 39:1 • Gálatas 4:4-7

La semana pasada vimos qué es lo que pasa cuando Dios pone su puesto en el mercado y comete la mayor locura de negocios que pueda existir: vender gratis. Hoy veremos la segunda faceta en que Dios visita el mercado, no como vendedor, sino como comprador.

En los mercados encontramos de todo, son como pequeñas ciudades vivientes con su propia economía y hasta su propia ley. Esperen un momento, eso es. Son pequeñas ciudades. ¿Lo ven? Para Dios, nuestra ciudad es como un mercado y aunque él tenga sus puestos en donde vende todo tipo de cosas, como es Dios, puede estar al mismo tiempo vendiendo y comprando, recorriendo el lugar, ojeando los demás puestos, buscando los tesoros que tanto anhela: nosotros.

Al leer Génesis 39:1 vemos a un adolescente que es comprado por uno de los principales miembros de la cúpula de poder en Egipto. Piensen en ese quinceañero que en un momento fue arrebatado de su hogar, su familia, su país, sus costumbres y de todo lo que conocía, y fue llevado cautivo a otro país, con otro idioma, con otro pensamiento, con otras costumbres y, además, para ser vendido como esclavo. Ni siquiera se perdió en ese lugar nuevo porque estaba ahí en un viaje de placer. No. Había llegado como esclavo, sin voluntad propia, sin voz, sin valor alguno más que su capacidad para trabajar y soportar la vida de un ciudadano menos valioso que una mascota. ¿Se imaginan?

Esto nos lleva a nuestro primer punto, porque nosotros, como José, también nos encontramos en un mercado como el de la historia. ¿Pero cómo llegamos ahí?

I • FUIMOS SECUESTRADOS

¿Qué harías si un día uno de tus hijos sale a jugar y alguien se lo lleva? ¿Qué harías si uno de tus sobrinos es secuestrado saliendo de la escuela? ¿Qué harías si se llevaran por la fuerza a alguien que es muy querido para vos? El dolor, dicen, es insoportable.

Si esto te pasara, no descansarías. Harías lo que fuera necesario para encontrarlo y si pasaran los años y fuera imposible encontrarlo, nunca lo olvidarías. Vivirías el resto de tu vida esperando verlo al cruzar la esquina, al entrar a un nuevo edificio, al pasar en un semáforo.

De la misma forma, nosotros fuimos secuestrados. Nos llevaron lejos. Nos arrancaron del propósito para el que habíamos nacido y nos hicieron creer que éramos un accidente, que no valíamos, que no merecíamos amor ni perdón, que la vida se acaba en este mundo, etc. Algunos fueron secuestrados por vicios. Otros fueron secuestrados por el abuso. Algunos más fueron secuestrados por el abandono, el dolor y el rencor. Ejemplos hay muchos. ¿Quién o qué te secuestro a vos? ¿Quién te llevó de los brazos del plan de Dios? ¿Quién te robó e hizo que casi olvidaras lo que en realidad valés?

II • EL DIABLO NOS EXHIBE

¿Quién te llevó atado al puesto en donde se venden los esclavos para exhibirte? Porque el diablo te exhibe, muestra lo bajo que te ha llevado, lo pobre que te ha vuelto, lo vacía que te ha hecho la vida. A él le encanta mostrarte pero no sólo por el placer de hacerlo, sino para venderte.

José fue llevado al mercado de esclavos en Egipto. Ahí lo vio Potifar y lo compró. Aparentemente, José había sido liberado, pero no era así. Simplemente había cambiado de dueño, pues seguía siendo un esclavo en la casa de su señor. Es decir, no tenía voluntad propia, había logrado alcanzar cierto poder, pero no era libre. Al final del día, le pertenecía a Potifar y éste podía hacer con José lo que quisiera.

Esto nos pasa a nosotros. Luego de ser secuestrados, somos llevados al mercado de esclavos en donde somos exhibidos para que alguien nos compre. Quizá una pareja. Un trabajo. Un sueño de juventud. Una amistad. Un refugio químico que nos protege por un momento de la gran tristeza que nos agobia. Un encuentro casual en un motel. Un arrebato de enojo o indiferencia. Lo que sea, mientras no sea Dios, sólo será otro Potifar. Alguien o algo que creemos que nos dará la libertad que tanto extrañamos, pero que termina atándonos más. Pecado tras pecado. Mala decisión tras mala decisión. Potifar tras Potifar. Terminamos en una cadena de ventas en la que nosotros, como un producto, pasamos de un dueño a otro, cada vez alejándonos más de aquello que fuimos, cada vez olvidando más aquello de lo que fuimos arrebatados.

III • DIOS NOS COMPRA

Pero lo último que quien nos secuestró esperaría ver en el mercado, es el dueño legítimo de la mercancía. Pensá en esto. Todos sabemos que hay lugares en los que venden los radios de los carros luego de robárselos. ¿Te imaginás la cara de uno de estos malandrines cuando tratan de venderle el radio robado al dueño legítimo? Nadie espera que eso pase. No debe ser agradable. Pero pasa.

Con Dios, también pasa.

Cuando Dios viene al mercado a comprar, no viene a comprar verduras, macetas, carne, ropa, herramientas o cualquier otra cosa de esas que se encuentran en los mercados. Él viene con un objetivo: el puesto de los esclavos. Él recorre los mercados del mundo en busca de sus hijos, de todos los que se entregaron al secuestrador gracias a la mentira. Y viene a comprarlos. No viene a liderar una revolución. Viene a comprarnos. Ya pagó el precio. En la cruz.

Viene, camina entre los pasillos atestados de personas, entre el bullicio de los que venden y los que compran. A veces lo empujan, lo estorban, lo retrasan. Pero al final te mira, en una jaula, amarrado, engañado, cansado. Y entonces él empuja, hace a un lado a todos, ve tu rostro y sabe que sos a quien está bucando. Llega hasta el puesto y te levanta. El encargado le exige el precio y con una sola mano, sin soltarte a vos, lo toma a él del cuello, lo arroja con violencia sobre el mostrador improvisado de madera y le muestra las cicatrices de sus manos. El precio ya fue pagado. Ese esclavo es su hijo. Vos sos su hijo y vino a rescatarte. Te desata y entendés que ahora sí sos libre. No te compró otro esclavista. Te compró tu papá.

CONCLUSIÓN

En Gálatas 4:4-7 dice que fuiste comprado y que ahora ya no sos esclavo sino hijo, y como sos hijo, también sos heredero con tu hermano mayor: Jesús.

Quizá te sintás como un extraño al volver a casa, porque tanto tiempo fuera te afectó. Quizá tengás que aprender de nuevo a decirle “papá” a tu papá o a abrir el refrigerador sin pedir permiso. Pero vas a lograrlo. ¿Cómo? Entendiendo que nunca dejaste de ser amado por Dios y que por ese amor vino al mercado a comprarte.

Quizá pensés que sos malo porque a pesar del tiempo, seguís teniendo costumbres de esclavo, miedos de esclavo. Quizá seguís siendo un esclavo en tu mente. No importa. Dios sabe que necesitás tiempo para adaptarte a tu nueva vida de hijo, a tu nueva libertad. Sólo te pide una cosa. Ahí donde estás, donde te acaba de desatar. Ahí donde te acaba de encontrar, te pide que decidás seguirlo a casa. Es tu decisión. ¿Vas a seguirlo? Así como estás. ¿Vas a tocarlo con las manos sucias? A él no le importa. Te buscó por todas partes y por fin te encontró. ¿Vas a seguirlo?